MAESTROS SOMOS TODOS

 

En una de mis obras, como epílogo, tras la exhaustiva trascripción del sentir de cuarenta alumnos, concluyo: Estas páginas, escritas más por alumnos que por mí, singulares, maravillosas, deberían ser de obligada lectura para todos los mayores sea cual sea su profesión porque, en definitiva, todos somos maestros, ya que de una forma o de otra,  tendremos a mano un niño. Y un niño, una niña son siempre ojos que miran expectantes, oídos que oyen y aprenden sin comprender, vidas que crecen en el clima que entre todos generamos...

Y, efectivamente, esta afirmación de que todos somos maestros, tiene hoy mayor vigencia que nunca porque, si es verdad, y todos insistimos en la importancia de la familia como educadora y transmisora por excelencia de valores, no lo es menos que los hijos cada vez pasan más tiempo fuera del hogar. Ya desde meses son las guarderías el lugar donde prácticamente pasan los días, y a medida que  cumplen años, los centros escolares, las clases particulares, las pistas de recreo en los barrios, etc. Y en este devenir, el  político, el cartero, el fontanero, el guardia, el vendedor de chucherías, la tele… el vecino. Educar, pues, es una cuestión social que corresponde a todos. Sí, el ejemplo de los mayores, gestores del futuro, se supone, debe ser de gran responsabilidad porque los menores, hoy, son en gran parte patrimonio de todos, y lo mismo aprenden a contestar de mala forma oyendo a los padres que escuchando cómo los puede tratar cualquier mayor que se les cruza en el camino. “Me siento extraña escribía una niña- porque he visto a un borracho en la calle. La gente lo miraba y decía: ¡Qué poca vergüenza! Más le valía estar en su casa con su familia! Y yo pensaba que por qué estaría borracho y por qué tendría poca vergüenza”.

Se impone una  reflexión en la que todos nos sintamos transmisores de valores, y no busquemos la excusa de que los padres son los únicos responsables porque para ello tendrían que rodear a los hijos de una  burbuja de la que  un día saldrían, irremediablemente, con la grave  resaca  de la ceguera.