ISABEL AGÜERA                               

 

UN MAGISTERIO DEPRIMIDO                          

                              

                        

Este fin de semana, reunida con un grupo de jóvenes maestro, y tras las recientes vacaciones, se expresaban en estos término Me deprimo tan sólo pensar en la escuela. Llevo noches sin dormir pensando en la vuelta…. Con  desolación y bastante tristeza los escuchaba y reflexionaba.

Y es que enseñar y educar va mucho más lejos que el mero impartir una clase por muy novedoso que sea el método y por muchas que sean las estrategias decretadas. Lo más importante de todo es la libertad, capacidad e ilusión de crear en el aula, entre profesores y alumnos, un ambiente que favorezca la convivencia, que propicie la unicidad, que estimule las capacidades, que promueva las actitudes, que favorezca la creatividad... Porque sólo, desde esa perspectiva, desde ese plan es posible el binomio enseñanza-educación. 

¿Qué sucede para que estos  ingredientes no sean la realidad que se viva en las aulas y el magisterio ande tan deprimido? Sucede que maestros y maestras siguen sin encontrar el móvil ilusionante que los haga soñar con la escuela que desean. Y es que un maestro no puede estar en una clase de vigilante para que los alumnos, al menos, no se agredan entre ellos. El maestro no puede estar relajado, si los padres, el Consejo Escolar... le van a pedir cuentas de una palabra más fuerte que otra. El maestro no puede vivir acosado por burocracias, inseguridades en su futuro, vaivenes constantes de planes, de horarios en los que, para nada cuentan sus auténticos problemas diarios frente al alumnado... El maestro debe tener autonomía para tratar la diversidad, la integración, etc.

La solución es difícil, pero habría que encontrarla, porque devolver la ilusión al magisterio es asegurar el futuro.  Deber primordial de cualquier cambio y de cualquier Sistema. ¿Dónde vamos con un magisterio que "llora"  con sólo pensar en la escuela?   No recuerdo ni un solo día de mi vida carente de ilusión  ante el panorama de mis cuarenta alumnos, y me cuesta  aceptar la depresión reinante, si bien puedo entenderla, y es por ello que reivindico, ante todo, la autoridad que jamás debió perder el magisterio.