Años ya de una magistral anécdota: en una clase, con más de
cuarenta alumnos, me esforzaba por explicar, con mis mejores
palabras y sencillos procedimientos, pero con el mínimo de
entusiasmo --no era precisamente un tema que me gustara--
segmentos, suma, resta, etc., de los mismos. Un total
silencio reinaba en el aula, pero los alumnos, pronto pude
advertirlo, no atendían; claramente estaban en otra cosa.
"¿Qué os pasa? ¿Qué miráis?", pregunté. Como una sola
voz respondieron: tus zapatos. Sí, mis zapatos de estreno de
un plateado luminoso eran lo único que, en realidad, les
interesaba, lo único que yo, aquella mañana, en aquella
clase, les estaba enseñando. ¡Voces y más voces se alzan
estos días, en foros, tertulias, medios de comunicación,
etc., sabiendo o sin saber, opinando sobre la nueva
asignatura de Educación para la Ciudadanía! Y la voz de un
querido compañero y amigo me urgía:
"¡Mójate y dinos qué
opinas!". Así que chorreandito, pero sin esgrimir armas,
voy a darle satisfacción, consciente de que la mayoría de
las veces la complacencia solo nos llega cuando escuchamos
en boca de otro las palabras que se superponen con las
nuestras y consciente sobre todo de que el
mojarse
viene a ser entendido por el personal como el definirse a
favor o en contra, o lo que es lo mismo: ideológicamente.
¡Pues no! En educación, siempre, siempre han primado y
seguirán primando en mí los alumnos, sus intereses y ante
todo, su futuro, porque... Sólo es posible avanzar cuando se
mira lejos. Solo cabe progresar cuando se piensa en grande.
Y yo creo, con referencia a esta nueva asignatura, y a lo
mucho que se oye, que ni se mira lejos, ni se piensa en los
alumnos, ni se mira en grande. Y para ello me baso, en
primer lugar, en mi experiencia personal: todo lo referente
al sexo, a la igualdad, al verdadero sentido religioso de la
vida, a la convivencia, a la libertad, etc., lo he aprendido
a fuerza de duros golpes con la realidad. ¡Cuánto mal -sí,
mal- me hubiera evitado de haber sido instruida debidamente
y en mis años de infancia y adolescencia!, ¿pero hacia dónde
se miraba entonces?
Por supuesto, me conozco lo esencial del contenido de la
nueva asignatura, y una vez más tengo que ratificarme en lo
que para mí es incuestionable y de lo que se debate poco o
nada: los valores, y de ello hablamos, no se imponen, no se
enseñan; sólo se transmiten y si, por ejemplo, yo no soy
partidaria del aborto, seguro, seguro que mientras predique
sobre ello, mis alumnos estarán mirando mis zapatos. Y es
que todo en el ser humano es lenguaje y hasta la forma de
andar, de sentarse o de mirar, pongo por caso, habla, y
mucho de nuestros valores. Un maestro, unos padres desde
cualquier materia, desde cualquier momento e incluso desde
cualquier gesto pueden manipular a los alumnos, a los hijos
hacia la dirección que se propongan. De ahí que yo piense, y
en ello me mojo, que este debate es más bien político que
educativo.
El perspectivismo sostiene la multiplicidad de los
posibles puntos de vista sobre la realidad, pero esta
multiplicidad debe ser unificada desde algún principio
rector. Para Ortega las perspectivas múltiples no son
contradictorias y excluyentes unas para las otras. Muy al
contrario, esas perspectivas deben ser unificadas, porque en
cada una de ellas hay una gota de verdad; de modo que la
Verdad estará constituida por la unificación de las
múltiples perspectivas. Ello lleva a entender la verdad como
algo que se va alcanzando paulatinamente en la medida en que
se van unificando perspectivas. Efectivamente, no solo cabe,
sino que es preciso que la verdad en todo, pero en educación
por excelencia, sea la suma de nuestras mejores verdades
desnudas de apasionamientos ideológicos porque de lo
contrario estaremos cultivando un árbol endémico, estaremos
perdiendo el tiempo y, entre tanto, nuestros alumnos,
nuestros hijos, tan solo mirarán el color de nuestros
zapatos. Bueno, si son nuevos.