Repetidores, eterno debate

En estos días se vuelve a uno de los eternos debates en educación: Repetidores sí, repetidores no. Está claro que los especialistas no se ponen de acuerdo y no digamos la opinión pública, manifiesta, sobre todo, en los padres. Es evidente que para todos en el fondo de la cuestión cohabita el también eterno problema del fracaso escolar. Mi opinión, que como maestra y como madre he vivido el tema de los repetidores, soportando las muchas y complicadas aristas que conlleva, va en línea con la conveniencia de no generalizar nada en educación, dado que cada alumno, cada conflicto, será siempre individualizado y como tal hay que tratarlo y resolverlo. Pero algo sí he podido comprobar en múltiples ocasiones: El hacer repetir a un alumno el curso completo en aras de una mejora en su expediente académico, salvo raras excepciones, no sirve de nada.

O sea, el hecho de convertir a los alumnos en repetidores tiene tales connotaciones que, en el argot académico, un alumno repetidor es poco menos que un apestado al que se trata de evitar, haciéndolo objeto de sorteos, polémicas y rechazos a los cuales no son ajenos los alumnos que se sienten, en el mejor de los casos, tolerados, aguantados por imposición con el humillante y despectivo hándicap de repetidor eterno, lo que equivale a fracasado sin retorno. Es por eso que el tema de la repetición es complejo y del que no se puede frivolizar sino afrontar con el realismo que precisa y que pasa, en primer lugar, por una mejor conciencia acerca de estos alumnos, cuya recuperación no es posible por reclutación en aulas especiales, ni por obviarlos en clase, ni por minimizar sus capacidades... Creo que la propuesta de repetir curso o sólo las materias pendientes con opción a matricularse en algunas del curso superior, puede ser una buena estrategia de cara a la autoestima del alumno. No siempre el problema es sólo de esfuerzo.