Pegar a los hijos, un abuso

De vez en cuando, el tema de los castigos salta a la actualidad como imponiendo una declaración tajante sobre cómo deben actuar los padres en la educación de los hijos. Y como siempre, sucede también que, cuando se encuesta o consulta a padres o educadores en general, los extremos son siempre tajantes indicadores: Sí o no. Personalmente, hasta la palabra pegar detesto. Jamás he sido partidaria de castigo físico alguno, ya que lo considero un abuso de fuerza y poder sobre pequeños que, a veces, y he sido testigo de ello, se les pega, simplemente, por no querer tomarse el biberón. No se educa pegando sino buscando alternativas que pasen en primerísimo lugar por prevenir y así evitar situaciones conflictivas en las que se ven involucrados, sobre todo los más pequeños, por ignorancia. Recuerdo a un padre que le dio unos fuertes azotes a su hijo de dos años porque se fue a la carretera. Para que otra vez se acuerde -decía-. ¡Qué barbaridad! No se educa tampoco a base de gritos, amenazas, etc., que suelen ser descargas de nervios ante una situación que desborda o que provoca impotencia para resolverla de otra manera. Otra cosa sería la pasividad ante comportamientos que no se pueden pasar por alto y en los que estaría indicado el castigo cuando el niño sepa por qué es castigado, cuando se le ofrezca una alternativa y cuando no se convierta en la rutina de actuar a cada caso.

Pero como no soy partidaria de ningún extremo, creo que tampoco se puede convertir en drama denunciable el que un padre, ante una rabieta de su hijo, le dé un simbólico cachete. Complejo y extenso tema para tampoco espacio pero no olvidemos el valor educativo del premio, del estímulo, valoración, etc. factores todos que colaboran a prevenir de forma mucho más equilibrada y justa. Tener hijos no nos convierte en padres, del mismo modo que por tener un piano no somos pianistas.