A estas horas irreverentes siempre para los pequeños, hoy protagonistas privilegiados en todos los hogares, habrán asaltado ya salones, escenario de sueños y alegría compartida. No obstante, aquel recuerdo de un día tan especial en mi infancia se me difumina al compararlo con el de hoy. Para nuestros niños la proliferación de días y ocasiones de regalos son tantas que, pasada la sorpresa del momento, la ilusión se desvanece y se aplaza para lo próximo que no tardará en llegar: Primera Comunión, cumpleaños, Papá Noel, Ratón Pérez, notas, etc.
Y sucede que los padres se sienten agobiados ante tal avalancha de regalos que llueven por todas partes, y los pisos se tornan rincones de juguetes empolvados y abandonados que, tal vez, sólo un instante fueron ilusión en las manos de los niños que ni entienden ni pueden, ni saben cómo manipular, casi siempre, sofisticados regalos. Recuerdo ahora cómo, un año, tras examinar mis nietos sus copiosos reyes, acabaron jugando y riendo a carcajadas, paseando al más chiquitín de la familia en una gran caja convertida en carro.
Sería interesante que padres y maestros nos detuviéramos a pensar seriamente qué cosas y cómo divierten a nuestros niños, porque una evidencia salta a la vista: están saciados de juguetes, hasta el extremo de que, cuando se les pregunta, ni tan siquiera saben qué quieren.
No hay duda de que todos deseamos la felicidad de nuestros hijos, y deseamos verlos contentos e ilusionados. Para ello, os hago una sugerencia: Siempre, el mejor regalo, el mejor juguete, son los padres o una simple caja que les dé la oportunidad de crear y reír.