Llueven en mi ordenador las alarmas
sobre educación en España, alarmas
que, por cierto, han dejado de
interesarme porque todas vienen a
ser más de lo mismo: el fracaso, el
bajo índice de rendimiento, etc.
Pero existen otras alarmas que están
clamando al cielo y que parece que
no sólo son las grandes ausentes en
este prodigio de los ordenadores,
sino que también carecen de voz para
esta sociedad empeñada en destacar
sólo aspectos negativos relacionados
con el aprendizaje puro y duro para
concluir que los niños de hoy son
unos grandes ignorantes comparados
con los de ayer. ¡Qué barbaridad!
Los niños hoy puede que no repitan
de memoria, por ejemplo, límites de
España, pero saben dónde y cómo
pueden aprenderlo. No, corre otra
especie de lamento para el cual yo
creo que existen oídos sordos: el
del magisterio, víctima diaria de
limitaciones impuestas por esta
cultura de la denuncia que cunde y
se propaga entre los padres.
Mi proximidad constante al ámbito
educativo a todos los niveles me
hace solidaria con este cuerpo tan
agredido en estos tiempos
injustamente, la mayoría de las
veces, y que se ve obligado a tratar
a los alumnos con guante blanco,
absurda protección que tan sólo va
logrando el que se marginen los
grandes y trascendentes objetivos de
la educación en pro de evitar la
mirada airada de unos desinformados,
pero osados padres que, violando
toda cortesía, amenazan, faltan a la
verdad y al respeto del profesor/a
de sus hijos. Siempre ha prevalecido
en mí como norma aquello de "dar
amor, constituye en sí, dar
educación", pero, ¿cómo se puede dar
amor si, tras cada alumno, hay
exigencias, amenazas, indiferencia?
¿Cómo si no existe la mínima
complicidad entre padres y maestros?
Por supuesto hay excepciones pero la
generalidad es lo que importa, y tal
vez la respuesta a esta mayoría sea
exigir, reivindicar un cambio de
"guantes".