Predicar con el ejemplo

En estos tiempos hay una gran tendencia a maximizar las palabras y, con ellas, lejos de todo contexto, construir la filosofía que mejor va con nuestras creencias, opiniones e incluso a nuestras ocultas agresiones y resentimientos. Y así las palabras disciplina, castigos, autoridad, etcétera, se escuchan en tonos altisonantes en todos los medios de comunicación como si en ellas estuviera la panacea, la pócima milagrosa para acabar con los supuestos males que aquejan a nuestros niños y jóvenes. Y si es cierto que se precisa con urgencia remedios que restablezcan la convivencia civilizada entre profesores y alumnos, para mí que difícilmente las soluciones puedan ser eficaces si no cuentan con un principio básico: predicar con el ejemplo.

Y es cierto que los ojos de los alumnos miran constantemente a su profesor, pero mucho más cierto es que no se apartan ni un solo instante de lo que, por excelencia, le pertenece: la familia. En el seno del hogar, en esa convivencia con los padres que, como corriente imparable de transferencias comienza el mismo día del nacimiento de un niño, es dónde se va forjando al individuo. Pero los padres de hoy, en general, inmersos hasta la saciedad en atributos posmodernistas, no promueven valores, no los pueden, pues, transmitir y ni tan siquiera la mayoría de ellos tienen el alma templada para afrontar, desde la templanza, fe, justicia, tolerancia... las complejas cotidianidades de tan agitados y turbulentos tiempos. Es por ello que urge una reflexión que nos ponga de relieve cuándo y cómo educamos a nuestros hijos. ¿Acaso no deberíamos, aún renunciando a ciertos beneficios económicos, dedicarles más tiempo y atención? Llevarlos al cine, pasear con ellos, compartir juegos, apagar de vez en cuando la televisión y convivir en relajada calma, porque esas criaturas son nuestra más importante obra, y templar su alma, nuestra mayor responsabilidad,