Y es cierto que los ojos de los alumnos miran constantemente a su profesor, pero mucho más cierto es que no se apartan ni un solo instante de lo que, por excelencia, le pertenece: la familia. En el seno del hogar, en esa convivencia con los padres que, como corriente imparable de transferencias comienza el mismo día del nacimiento de un niño, es dónde se va forjando al individuo. Pero los padres de hoy, en general, inmersos hasta la saciedad en atributos posmodernistas, no promueven valores, no los pueden, pues, transmitir y ni tan siquiera la mayoría de ellos tienen el alma templada para afrontar, desde la templanza, fe, justicia, tolerancia... las complejas cotidianidades de tan agitados y turbulentos tiempos. Es por ello que urge una reflexión que nos ponga de relieve cuándo y cómo educamos a nuestros hijos. ¿Acaso no deberíamos, aún renunciando a ciertos beneficios económicos, dedicarles más tiempo y atención? Llevarlos al cine, pasear con ellos, compartir juegos, apagar de vez en cuando la televisión y convivir en relajada calma, porque esas criaturas son nuestra más importante obra, y templar su alma, nuestra mayor responsabilidad,