ILEGALES Y NAVIDAD             

Parafraseando un proverbio de la Biblia, digo: Hay tres cosas que no logro comprender, y una cuarta, que añado yo y que ignoro por completo: el vuelo del águila en el cielo; el camino de la culebra sobre las piedras, el rumbo de los barcos en el mar, la insensatez  del hombre, cuando  con todas frivolidad califica de  ilegales a seres humanos.

Sí, unas imágenes anoche en la tele han desplazado para otra ocasión mis espléndidas reflexiones sobre el espíritu navideño, obligado tema. Y un ininterrumpido  chorreo de lágrimas es casi la única forma que tengo de expresar mis sentimientos que intento traducir en palabras. Cientos de seres humanos, llegados en negras y odiosas pateras, embaucados por siniestras mafias, escondidos en aciagos agujeros, exhaustos de caminos,  con miradas de sorpresa, súplica, incomprensión... Imágenes las de anoche que se graban en el alma y se traducen en interrogantes: ¿Se puede hablar de seres humanos ilegales? ¿Acaso el lugar de nuestro nacimiento en una tierra de todos, nos confiere el título de legales...? ¿Por qué yo, casa, bienestar, familia, Navidad? ¿Por qué ellos, nada, nada...? Unas palabras de san Agustín me salen al paso de mis   reflexiones: En lo necesario, unidad; en la duda, libertad;  y en todo, comprensión,  y amor -añado yo-, porque en medio de tan espeluznante espectáculo, unas manos, sin rostro, sin nombre...  sobrevolaban tanta desgracia, unidas en lo básico y necesario: comida, agua, limpieza, hogar... Manos, no obstante  con nombre propio: AMOR

Todas las razones, las respeto, las quiero comprender, pero algo me dice que si el derecho a ser persona, ser humano, es cuestión de papeles, yo no quiero tampoco tenerlos: prefiero ser peregrina en busca de un mundo, que tal vez no exista, donde negros, blancos,  amarillos...  compartamos el maná  que  hoy llueve sólo para unos pocos afortunados por haber nacido en un aquí y en un ahora.

Perdone el lector éstas tal vez utópicos deseos, pero no sé otra forma de comunicar mis sentimientos. “Porque tuve hambre y me diste de comer, porque tuve sed...” Mirémoslos a la cara y descubramos que son seres humanos como nosotros.

Ése, y no otro, es el espíritu de mi Navidad.