JOSEFA ERA MI VECINA
En esta nostálgica madrugada en la que el cielo amanece encapotado para un día de Navidad, a solas conmigo y con lágrimas que no quiero disimular, el recuerdo de Josefa, mi vecina de más de treinta y cinco años, compartiendo techos de un bloque entrañable en el que nuestros hijos crecieron, y vivencias comunes nos aunaron como en una gran familia, me suscita interrogantes. Sí, me pregunto, parafraseando a Millar ¿Puede alguien recordar el amor, la amistad? Eso sería como querer conjurar el perfume de las rosa en un sótano. Podríamos ver la rosa, pero el perfume, jamás. Y esa es la verdad de las cosas, su perfume. El perfume de Josefa para mí tan sólo tenía un nombre: amistad que es como una suerte que nos aroma hasta después de la muerte, porque basta saber que existe, que existió para que en nuestra vida podamos entonar el himno de fe en el hombre.
Josefa fue mujer prudente, sencilla, inteligente… Buena madre, excelente esposa, delicada y elegante vecina, preocupada siempre por todo y por todos. Fue águila que voló por las alturas, desdeñando a los cuervos en sus necios y cortos vuelos, pero descendiendo a la placidez de momentos compartidos en el afecto de sus ámbitos preferidos: familia, parroquia, amigos, vecinos… Hoy, querida Josefa del alma, el silencio de esta hora, de este especial día, lleva en si tu voz como el nido la música de los pájaros dormidos
Dice Carrel: Son signos de la superioridad del hombre la resistencia al trabajo, a la enfermedad y a las penas, la capacidad para el esfuerzo y el equilibrio nervioso. Tu fe, Josefa, fortaleza, coraje, ganas de vivir, sí, tú, sin duda, has sido una mujer superior. Y es por eso que, en esta hora, en este instante, saldré a mi terraza, superpuesta a la tuya, y te buscaré por el cielo que casi me roza, y dejaré de llorar por haberte perdido, y me alegraré por haberte conocido, compartido…
Compañera de viaje que llegaste cálida, serena, animosa a tu estación de destino, espéranos. Volveremos a encontrarnos porque en este tren que es la vida supimos mirarnos a la cara y descubrir que éramos tan sólo eso: pasajeros de un mismo tren, de un mismo día. Te bajaste, te fuiste, pero tu perfume persiste, y persistirá entre todos los que te conocimos, entre todos los que te amamos.