CIEN PREGUNTAS

Dos horas y media duró el programa, Tengo una Pregunta para Usted, del cual no me perdí palabra como no me la perderé cualquiera que sea su protagonista. Me interesa escuchar y tener opinión  propia. No, no quiero ser cera para moldear a placer de políticos, Medios de Comunicación, etc. Mi voto me pertenece, y no .lo puedo dejar a merced  de vientos huracanados que soplan en distintas direcciones con el peligro que   corre de ser llevado a la deriva. No llegaron a cien las preguntas, no, pero creo que las cincuenta, más o menos, respuestas quedaron reducidas a una: el precio de un café. Suelo pensar y decir que creo más en las mentiras que yo me cuento que en las verdades que me cuentan los demás. Y me cuento, y me creo que somos un país que hacemos de la anécdota el eje de nuestras mayores atenciones, transformando un dato variable, y  el precio del café lo es,  en una rotunda  descalificación con la que nos regodeamos y hasta chisteamos, como si hubiésemos encontrado la respuesta del millón. Me cuento y me creo que, efectivamente, el euro ha perdido el respeto a nuestros bolsillos porque yo también soy de las que traduzco a pesetas que es cómo “cobro”.Entiendo, pues, que la economía casera sea una preocupación ciudadana, pero no es lo único. Me interesa la educación, la sanidad, la vivienda, la juventud, los mayores… Es por eso que me indigna la frivolidad con la que escucho en tertulias, en la calle aquí y allá el titular exclusivo de la noche:¿Sabes cuánto cuesta un café? No entro en valoraciones políticas –vientos huracanados-, pero de haber estado allí tal vez mi pregunta, remedando a S. Freíd hubiera sido: ¿Sabes usted qué quiere una mujer? ¡Y quién sabe! A lo mejor me hubiera costado el salto a la fama. Pero, ahora que reparo, un poco machista  hubiera sido la pregunta, porque las mujeres, creo, lo tenemos claro como el agua.

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