LA MUJER CRECIDA
Érase una vez un pueblo pequeño. Cada mañana, las mujeres, nada más levantarse, cargaban sus cántaros a la cabeza e iban por agua a la fuente. Sucedía que los hombres las esperaban, las medían para asegurarse de que seguían dando la misma altura, algo que los complacía y les permitía vivir en paz. Pero un día, una de las mujeres, mirándose al espejo, se dijo: ¡Qué pequeña soy! No he hecho nada por crecer! De ahora en adelante tengo que subir de talla. A la mañana siguiente, cuando los hombres la vieron llegar, escudriñándola, murmuraban entre ellos: No parece del pueblo. Pero, una vez en la fuente, y a la hora de medirla, la reconocieron y comprobaron que les sacaba la cabeza a muchos hombres. ¿Cómo has osado crecer? -clamaron- No cabes en el pueblo; tendrás que irte. La mujer, sin rechistar, se alejó de aquel pueblo Pero ocurrió algo: a partir de aquel día: todas las mañanas, cuando los hombres medían, comprobaban cómo alguna más había crecido. De igual forma, repetían: vete. Poco a poco el pueblo se iba quedando sin mujeres, cosa que inquietó profundamente a los hombres que, reunidos en asamblea, se preguntaron:¿Qué haremos? De seguir así corremos peligro de extinción. Hagamos el pueblo más grande –dijo uno- y crezcamos todos. Y el pueblo se hizo tan grande que todas las mujeres regresaron, crecían sin miedo, abandonando, definitivamente, el cántaro y la fuente. Hasta aquí uno más de mis tontos cuentos pero el tema de la igualdad, de tanta actualidad en estos días, me ha motivado siempre a trabajar por lo que, desde niña, he creído injusto: la discriminación por razones de sexo. Sin entrar en cuestiones políticas, y mucho menos por estar en pugna de competencias con el hombre, creo que España, hoy, es grande como para que quepamos todos y todas y sigamos creciendo en igualdad y paz.