SILENCIO, POR FAVOR

 

 

  Con motivo de los Carnavales el tema del ruido ha protagonizado páginas y espacios en las ondas. No obstante casi hemos perdido la percepción de cómo somos víctimas crónicas de los efectos nocivos del ruido que engrosan parte importante de la contaminación ambiental. El hombre moderno está sometido a tamaña agresión sufriendo consecuencias de las que muchas veces  ni tan siquiera somos conscientes y que pueden ser desencadenantes de graves consecuencias para la salud, ya que pueden conllevar desde malestar y estrés hasta alteraciones del sueño y problemas cardiovasculares. Se impone, pues, la ley del silencio, si bien es cierto que es tal el grado de insensibilidad, tal  el blindaje  del que nos hemos revestido que el ruido  es ya como música de fondo de la que no podemos prescindir. Se da la paradoja de que nos quejamos del los ruidos ambientales pero, nada más entrar a nuestro hogar, lo primero el mando de la tele, la cadena de música que hace temblar las paredes o las voces como medio de conversación. ¡Y no digamos en lugares públicos y comunes! Hablamos en tonos insoportables para la comunicación, al tiempo que sufrimos el tremendo griterío de los niños de hoy. Sinceramente pienso que el silencio es otro valor en peligro de extinción que habría que reivindicar porque, sin duda, es una buena terapia cuando, una vez instalados en él, somos capaces de reflexionar sobre las grandes cuestiones personales y universales. Silencio, por favor, y que el ser humano que somos no pierda la capacidad de  sentir, de empatizar, tanto con  la tragedia allá en el fondo de un lejano país, como en el incesante vaivén de coches fúnebres que se nos cruzan por nuestras calles. La verdad elige el silencio para transmitir sus significados a las almas amantes. Porque quiero vivir en ella, hace años elegí el silencio como mi  mejor música.