A TORO PASADO
Atrás queda ya, sí, la Semana Santa, atrás queda rápidamente todo. No obstante, todo deja un rastro que no deberíamos borrar, si es que estamos decididos a arriar la bandera de la hipocresía y enfrentarnos con la verdad de lo que somos y hacemos. Y mi reflexión emerge a toro pasado que es cuando con algo de distancia de los acontecimientos la perspectiva es más objetiva y exacta ¡Nunca he visto en televisión más romanos, más procesiones, más parafernalia que la de este año! Y esto corrobora un fenómeno del que ya muchas voces han hablado: Las fiestas religiosas están alcanzando grado de fanatismo en el sentido de que las estamos llevando al terreno jaranero y consumista, olvidando la fe que las inspira. La religión, creo yo, es algo que pertenece al terreno de lo íntimo, de lo espiritual, de la creencia universal en un Dios, y no acaloradas celebraciones personalizadas: mi Cristo, mi Virgen, mi procesión, mi romería, fiestas y celebraciones que, si bien muestran cara de fervor, una vez que finalizan, es como si, “terminada la representación”, abandonáramos la butaca sin volver la vista atrás. No dudo que haya católicos que se identifiquen con el auténtico espíritu que las anima, pero es bueno recordar que los cristos, las dolorosas de estos tiempos están muy cerca, cada día, a cada paso, de nuestras vidas. No hay que esperar fechas, celebraciones para verlos. Están ahí, en esa familia de emigrantes que, cargada de hijos, superviven en una mala cochera, y están en los atropellos, en las guerras, en las injusticias, en el hambre del mundo. Hoy día hay diariamente crucifixiones: niños bomba, inocentes muertos por la mala gestión de quienes administran el universo mundo, mujeres maltratadas, gente que sufre en hospitales, gente que llora…A toro pasado, ¡cuántos romanos! Y a toro bis a bis, recuerdo: ¡Que Dios está aquí!