UN CIELO PARA GATOS
Sí, estaba muerto; no había duda. En medio de la carretera. Atropellado por un vehículo cualquiera. Y la gente transitaba con indiferencia, y los coches se apartaban por no salpicar de sangre sus ruedas, y un grupo de niños lo miraba triste desde la acera.
Era un gato callejero; era mi gato por adopción. Su hogar, los bajos de un coche. Desde allí, y con recelo, observaba. Logré ganarme su confianza y casi comía de mi mano. A veces, me parecía sentir que me pedía un rinconcito de mi gran piso, todo entero para mí sola.
Pero hacía oídos sordos, porque… ¿un gato…? ¡Demasiado problema! Y mi conciencia quedaba tranquila con la limosna que le daba de comida y agua.
Hoy ya no tengo gato que alimentar. ¿Qué haría en medio de la carretera? ¿Por qué no tendría un hogar? Desconocía, seguro, los peligros de la calle, y de ella había hecho su mejor mansión. Seguro que, acostumbrado al viejo coche parado, que era su casa se olvidó de tantas ruedas potentes que ni tan siquiera advertirían la pasada por su frágil y párvulo cuerpo.
Y yo lo encontré caliente todavía. ¡Claro que lo lloré!, y los niños me ayudaron y lo enterramos en el jardín, debajo de un naranjo cubierto de azahar. Pero tarde ya, y su voz se me agigantaba: Llévame a tu casa. ¡Si sólo soy un gato!
¡Pobres gatos callejeros! Son tan gatos como yo, como todos… Parafraseando un proverbio de la Biblia, digo: Hay tres cosas que no logro comprender, y una cuarta que ignoro por completo: el vuelo del águila en el cielo; el camino de la culebra sobre las piedras, el rumbo de los barcos en el mar, la insensatez del hombre, cuando con todas frivolidad mira y no ve que el mundo está lleno de “gatos” sin hogar, sin amor: negros, pobres, ancianos, niños… No puedo imaginar un mapa genético sin que, en sus cuatro puntos cardinales, aparezca como factor por excelencia, el amor, la comprensión, la ternura.
Y unas imágenes en la tele han desplazado para otra ocasión mis espléndidas reflexiones sobre la primavera, la semana Santa, y… Cientos de seres humanos, llegados en negras y odiosas pateras, embaucados por siniestras mafias, escondidos en aciagos agujeros, exhaustos de caminos, con miradas de sorpresa, súplica, incomprensión...
Crea, Dios, un cielo para gatos para que, cuando la rueda implacable y potente de la vida atropelle nuestro frágil cuerpo, te encontremos, porque de lo contrario… No, no somos más que pobres gatos. .