BODAS DE ORO

 A mis hermanos Juan y Blanquita.

¡Claro que llevaba preparado para tan festivo momento el texto que hoy hago público en vuestra merecida celebración! Fue la emoción la que me hizo silenciarlo e improvisar palabras que si no superficiales, sí generales y dirigidas, más bien, a los numerosos familiares y a amigos que os acompañábamos.

Bodas de Oro, muchos años os distancian  ya de aquel hermoso día, lleno de proyectos, de ilusiones en los que os dijisteis sí, hasta que la muerte nos separe. Cincuenta años de convivencia que, hoy por hoy, cuando las parejas, dejadas llevar por la pasión de los años jóvenes, entienden que el matrimonio es algo temporal y  pasajero y hasta milagrosa éstas vuestras Bodas de oro, y es que ignoran la  existencia, no obstante, de ese prodigio que se llama amor, y que va más allá, ¡mucho más!, que los repentes de una convivencia novedosa y casi accidental. Amor que conlleva respeto mutuo, tolerancia, comprensión, diferencias, también, pero sobre todo el hacer camino compartiendo, tanto  momentos felices, como aquellos otros que  laceran el corazón y quiebran para siempre  el ritmo de nuestras vidas. Y es ahí, precisamente dónde se mide mejor el amor: en la enfermedad, en la desgracia. Y vuestro camino, toda una vida, quedó marcado en dos momentos cruciales: la pérdida de vuestra hija apenas nacer y el tremendo desgarro de la muerte de vuestro hijo a los 23 años en aquel indescriptible accidente de tráfico. También ahora al escribirlo, siento que la emoción me ahoga, pero, ¡qué ejemplo el vuestro el día de ayer! Con el corazón roto y el recuerdo presente de vuestro dolor, celebrasteis a lo grande vuestras Bodas de Oro, sin un gesto tan siquiera que pudiera enturbiar la felicidad de los demás. Por todo esto, por haber entendido el valor de la familia, por haber sacrificado tantas cosas por vuestros hijos, Rafael y Juan Jesús, por no pedir nada, por no exigir pago alguno y por haber llegado  a saborear la calidez, la paz del amor en madurez, en nombre propio  y de los siete hermanos que somos, del los numerosos sobrinos que os quieren y valoran, gracias, Juan y Blanquita. ¡Enhorabuena!  ¡Buen ejemplo para todos!