¿Y AHORA QUÉ?

Todavía puedo oír a la monjita de mi colegio explicándonos, con todo lujo de detalles, qué era el limbo y, como de todo la poderosa mente crea paisajes telúricos y personales, mi limbo estaba ubicado en un extraño lugar donde iban a parar inocentes de todo tipo incluyendo mi perrita, mi canario y creo que ahora hasta los e-mails perdidos. Allí, como estatuas -imaginaba yo-, sin pena ni gloria, se miraban en silencio -¿qué aburrido, no?- sin esperar nada, ni a nadie, pero, ante la perspectiva del infierno, no dejaba de ser un consuelo, y la frase "estar en el limbo" tenía razón de ser y si bien se aplicaba al despiste, a sana ignorancia, hoy día para mí su significado había adquirido tal categoría y tal dominio que violando su sentido literal se había introducido en todos los ámbitos de nuestra sociedad, aunque, eso sí, con matices progresistas como todo lo que crece y se expande hasta el punto de que sus moradas se habían multiplicado con nombres propios, rotulados en destacado fluorescente: Limbo de los políticos, y allí cada cual en el suyo, ignorando que los ciudadanos somos seres contantes y pensantes. Limbo de los poderosos, y allí los que creen que todo se compra o se vende, ignorando que existe la innegociable dignidad. Limbo de los artistas, poetas, escritores, que, como en el entremés cervantino, quieren hacernos creer que, por ejemplo, el manoteo de unos peques en la pintura es una obra de arte o que un pegolete versificado es una poesía. Limbo de diablos y dioses mediáticos que nos muestran falsos salvadores de la humanidad, limbos donde, no obstante, se manipula y vende. ¿Y ahora qué? Si no hay limbo habrá que inventarlo de nuevo, pero, ¡más divertido, por favor!, aunque alguien dijo: "El aburrimiento es la suprema expresión de la indiferencia", y yo creo que la indiferencia es el mejor antídoto ante la proliferación de  limbos.