POR ENCIMA DE LA PIZARRA
Para evitar malas interpretaciones, me confieso católica, y no, precisamente de las que van a Misa todos los domingos, convencida de que un seguidor de Jesucristo es mucho más que una norma, a veces rutinaria, y que suele ser definitiva a la hora de entender la práctica del catolicismo. Y dicho esto, una vez más me sorprende el observar cómo se promueve entre los católicos una gran polémica por cuestiones que nada, o poco tienen que ver con la esencia de la fe. Palabras como exigencia, tribunales, denuncias, etc. me chirrían al leerlas y no entiendo cómo se puede llegar tan lejos cuando el diálogo y el entendimiento entre padres y Centros Escolares deberían ser vehículo de entendimiento. Durante mis largos años de magisterio fui profesora de religión de mis alumnos y no había que mirar por encima de la pizarra para que supieran y entendieran cuál era realmente el significado de un Cristo Crucificado, y hoy, más que nuca, ese significado para un católico debería ser ante todo testimonio, y no símbolo, de libertad, solidaridad, amor, justicia, valores que día a día son decapitados, y de ello todos sabemos mucho, por los poderosos de este mundo. No obstante hacemos oídos sordos ante una trasgresión tan brutal y repetida de las enseñanzas evangélicas. No se promueve por ello –excepciones las hay- protestas, reivindicaciones, denuncias, etc. El cristianismo defiende la libertad de conciencia y el derecho de cada persona a practicar su culto. Tampoco la escuela de hoy es la de ayer; Hoy los alumnos son de las más variopintas creencias, y, desde mi punto de vista los símbolos de cualquier tipo son ostentaciones innecesarias. Creo que hemos pasado de la cultura de los símbolos a la de los testimonios, y un católico debe ser un Cristo viviente y no tan sólo practicantes de rutinas, tranquilo y atento para exigir que nada ni nadie se mueva.