Cambio radical

Expuesta en un hermoso jarrón, lucía una rosa disecada. Un día fue sustituida por una del tiempo que exhalaba suave perfume y provocaba la admiración de cuantos la veían. La rosa disecada, relegada, sintió envidia y exclamó: Pronto volveré al jarrón. Tu juventud es tan corta... La mía, por el contrario, será eterna. La rosa natural contestó: ¿Cómo hablas de juventud? Tan sólo eres un espectro. No conoces ya el lenguaje de los insectos, ni percibes los vaivenes del viento. Tú estás muerta y no lo sabes. Dejaste de vivir, cuando renunciaste a envejecer. Bueno, pues nada, que se ha puesto de moda lifting por aquí, lifting por allí y de la noche a la mañana, ¡cambio radical! Lo que equivale a dejar de ser rosa natural para transformarnos en rosa siliconeada. Y es que, ¡claro!, el vasallaje que rendimos a la juventud nos lleva a pagar precios tan altos como éste: dejar de ser lo que somos, como si mantenerse eternamente jóvenes fuera posible y como si la juventud de los veinte, treinta años, portara en la frente certificado de éxito para andar por la vida, olvidando que no hay más éxito que el personal, el que para nada admite comparaciones de años, sino que luce con la belleza de la sencillez el paso del tiempo con una historia a su haber troquelada a lo largo y penoso del camino. Otra cosa es tratar de mantenernos en forma, cuidándonos, adaptándonos a los cambios e integrándonos activamente en ellos, creando con ilusión cada día y aceptando limitaciones de vida. Los cambios radicales a golpe de bisturí nos podrán convertir, aparentemente, en nueva rosa, pero en rosa disecada, careta que puede ocultar nuestras arrugas, pero siguen ahí, insultantes y reivindicativas de sus derechos. Aprendamos a envejecer con dignidad, porque, parafraseando a Tagore , digo: Aunque el tiempo arranque los pétalos de nuestra "rosa", no logrará quitar la belleza a nuestra flor.