La palabra devaluada
Un lector me comentaba cómo guardaba un artículo de mis ya viejas
columnas en este diario. Repítelo --decía--; es actualidad. Bueno,
pues allá va: Había una vez un hombre que se llamaba así mismo
Vendedor de Palabras. Con aquella extraña mercancía recorría calles
y plazas voceando: ¡Vendo amor, paz, alegría, tolerancia,
belleza...! Un transeúnte se acercó y dijo: Amigo, ¿cuánto pides por
ella? ¡Vaya! Has ido a elegir la palabra más cara. Su precio es nada
más y nada menos que tener ganadas tus propias guerras. Animado el
público, se alzó otra voz que preguntó: ¿Cuánto pides por el amor?
Por el amor no puedo pedirte nada, porque el precio del amor es amar
sin precio. ¿Y la tolerancia? --preguntó un tercero--. La tolerancia
no está en venta. De cualquier forma, si la deseas, te la regalo,
pero ten en cuenta que si la necesitas, jamás serás tolerante. Una
mujer dijo: Yo quiero comprarte algo de alegría. No precisas dinero
para comprar alegría. Aprende a disimular tus tristezas y tendrás
alegría. Un hombre indignado exclamó: Tú no vendes nada. Vete a tu
casa y déjanos en paz. El vendedor dijo: Llevas razón: las cosas que
yo proclamo no son mercancía de compra y venta, porque son dominio
del alma. La reflexión estos días de tantas voces, de tantas
palabras, se impone porque la palabra la hemos devaluado hasta
convertirla en moneda de cambio, presta a ser comprada a cualquier
encantador que nos ofrezca soluciones mágicas, olvidando que con
buenas palabras se puede negociar pero, para engrandecerse, se
requieren buenas obras. La palabra es la envoltura del pensamiento y
es por ello que debe ser vestida como una diosa y elevarse como un
pájaro. La palabra es el gran don del ser humano pero la hemos
vaciado de contenido tornándola palabrería que fácilmente nos puede
envenenar la vida. Me quedo, pues, con la palabra de los niños
siempre divina.