EL PECADO DE EXISTIR

Esta pasada primavera me trasladé a la costa un fin de semana. Me valió la pena, sobre todo por una singular experiencia de la que tan solo participé como espectadora. Dos niñas, no más de diez años, jugaban en la arena. Una, cargada de bártulos, pasaba el tiempo malhumorada sin saber qué hacer. La otra, con sólo sus manos por herramientas, había construido castillos, caminos, pozos... En un instante, la pequeña de los artilugios se lanzó sobre aquella insólita obra y la pisoteó. "¿Qué te he hecho yo?" --preguntó la feliz creadora--. La respuesta fue fulminante: "Existir -contestó-. Eso es lo que me has hecho, existir". En aquellas pocas palabras se encerraba toda una filosofía. Sí, porque solo el hecho de existir puede ser, en muchos casos, delito imperdonable para los que creen otear escollos en su camino, pequeños destellos que no obstante son negras nubes en sus ansiados horizontes, y les resulta fácil pisotear, aniquilar cualquier poder que se escape de su dominio y, sobre todo, aquellas pequeñas hogueras que ellos no han sido capaces de avivar. Ser bueno es fácil --V. Hugo--; lo difícil es ser justo y dejar que la existencia del otro nos ilumine. Sí, aquella pequeña de la playa escupió la triste realidad, la gran necedad del ser humano: Jamás comprenderemos, valoraremos las razones, las creaciones del otro, y si alcanzamos a comprenderlas fingiremos, negaremos entenderlas, porque, si bien podría completarnos, iluminarnos, sucede que nos causan tal perturbación que vivimos para apagar, desgastar la existencia del que consideramos opositor que tal vez de la nada, pero con una legión de verdades, haya podido sacarnos la cabeza. No le dije nada a las pequeñas contrincantes pero me lo dije a mí misma: Si algo falta a mi armonía interior, a toda costa debo buscarlo, pero a la luz que emana la existencia de los demás.