Demando a mi Ángel de la Guarda 

 

¡Por supuesto! Si por ahí demandan al jefe Dios, ¿por qué no demandar yo, a un mandado, mi Ángel de la Guarda? Y los motivos son serios: Hace unos días, me sorprendió un apagón de luz dentro del ascensor  y ¡no me veas! Tres cuartos de hora, totalmente a oscuras, sin alarma posible, sin piloto de emergencias… A pique del paro cardiaco. Bueno, mi ángel no me socorrió a mí que tantas dulces y celestiales oraciones le tengo dedicadas, a mí que siempre lo soñé a mi derecha dándome consejos que respetaba. Pero, ¿dónde estás? –le urgía en mis angustias claustrofóbicas- De pronto escuche una lejana voz que decía: ¡Estoy aquí, en mi despacho; soy un ejecutivo y, tengo que hacer la  vista gorda a minucias  como ésas!  Otros asuntos más importantes me urgen: la guerra, el petróleo, el poder…  Pero el caso es que la voz no me parecía angelical; era más bien humana. ¡Qué cosa más rara! Y, ¡claro!, es que no era mi ángel el encargado de industria, ni el jefe de ascensores, ni el presidente de la comunidad… ¡Que no, vaya! Que ni Dios, y menos un mandado, son “manitas” que, en cuerpo y alma, acudan a solucionar nuestros desatinos, injusticias e irresponsabilidades. Dios no fue el artesano de ese tercer mundo que se muere de hambre, ni edificó chabolas que un desastre natural, que es natural, se lleve por delante, ni creo coches, ni drogas, ni pateras, Dios no inventó las guerras, ni el petróleo, Dios creó el universo infinito y  maravilloso y en él este insignificante hormiguero de seres humanos pensantes y libres, por lo que hemos pensando libremente dividir, machacar, olvidar.… en pro de los asuntos que más nos urgen: las perras, los cuartos, como diría mi abuelo. Y luego quejas, demandas a Dios. ¡Pero qué tontos y qué catetos somos! ¡Si hoy día las demandas sólo las lucen los famosotes de la prensa rosa!