Mi querida banderita

¡Hay que ver cómo y con cuánto debate se ondea la bandera de España en estos tiempos! Y, claro, la memoria se nos vuelve respondona y... ¡hala, a recordar! Bueno, pues yo rememoro aquellos años en los que los niños apenas si teníamos tiempo de arriar banderitas de nuestras manos. Misioneros Obispos, Franco ... Sí, resultaban tiernas aquellas filas de niños y niñas portando banderitas y algún que otro estandarte. Recuerdo de forma muy especial un día de otoño. La monjita nos anunció la noticia: Mañana pasa Franco, hay que venir con uniforme y banderita. ¡Ni una palabra a mis padres! Me busqué un palo, compré papeles y con gachuela mal me hice mi banderita que resultó torcida y con las franjas cambiadas. "¡Vaya mamarracho!" --me dijo la monjita--, pero allí estaba yo, portando mi creación y enfervorizada por el clamor popular. Todo a punto en la carretera para que Franco se detuviera: la patrona, la señora del alcalde con el ramo, la banda de música con el himno nacional, los niños... ¡Uy! Los niños serían el reclamo que detuviera al caudillo. Pasaron horas, aparecieron nubes, comenzó a llover. De pronto, como centellas, un desfile de coches negros, todos iguales. La multitud se desbordó: "¡Franco, Franco!", coreaba en medio de empujones que dieron conmigo y con mi banderita en la cuneta. En unos instantes, todo a mi alrededor era desolación: gente que se dispersaba, niños que corrían, lluvia que arreciaba... Mi querida banderita tan sólo era un tosco palo que apretaba entre mis manos. Lloré. Mucho. Yo no sabía entonces lo que dice el puertorriqueño A. Ferre : La bandera no es la patria, ni es el himno, ni es el ruido. La patria es el esfuerzo creador, es sentido de la responsabilidad, es respetar la razón y amor a la libertad. Todo esto yo, una niña, no lo sabía porque de haberlo sabido, ¡ni una lágrima! ¿La patria? Yo y mi "palo".