¡Vaya si me daba miedo aquel catafalco que en mis años de niña se
colocaba en medio de la iglesia durante todo el mes de noviembre! Yo
creía que debajo de aquella colosal mole estaban los muertos y con
mi velo hasta las rodillas asistía a los solemnes responsos, cuya
música de fondo era un ininterrumpido doblar de campanas. Pero los
muertos estaban también en los cementerios, y allí, de tumba en
tumba, el sacerdote de turno, hisopo en mano y rodeado de
monaguillos responseaba, mientras las monedas caían ruidosamente en
los cepillos. Sí, cada año los cementerios se colman de gente que
asiste a conmemorar el día de los difuntos. Nada tengo que objetar a
este culto a los muertos, fiesta internacional de origen religioso
en la que se conjugan lo mágico y espiritual. Es cierto que en todas
las culturas encontramos una fiesta dedicada a los antepasados, a
los que en unos casos se llama difuntos, en otros santos, y mucho
más atrás en la cultura romana, lémures, lares o manes. Pero resulta
que ya los muertos no están solo debajo de los catafalcos --¡qué
disparate!-- ni están solo en los cementerios o en el reino de los
cielos, los muertos en estos tiempos andan en coches fúnebres
delante o detrás de los nuestros, en caravanas de tráfico,
embotellamientos o, sencillamente, a gran velocidad por nuestras
calles y avenidas ante la indiferencia absoluta del personal. Es
decir, los muertos, como una mercancía más, están ahí, como está el
camión del butano o la coca-cola. Tan sólo un instante, deberíamos
guardar silencio, dejar paso a esos coches, cargados de coronas, que
soportan el último paseo que un ser humano hace por lo que fue su
escenario de vida. La muerte puede consistir en ir perdiendo la
costumbre de vivir, y yo creo que sí, que todos somos un poco
cadáveres, porque la maravillosa práctica de vivir la hemos
deshumanizado,
"mercanciado".