España limita al norte...
Sobre las seis y cuarto de cada día, mi primer café en un
popular bar del barrio. Los habituales de la hora, en
silencio, casi nos pasamos lista cada mañana. Pero hace unos
días irrumpió en nuestro matinal encuentro un grupo de
chavales jóvenes, alegres, bromistas... Resultaba fácil
percibir total y sana complicidad en cuanto decían y hacían.
Se trataba de un equipo juvenil de fútbol, que se dirigía al
lugar de entrenamiento. Entre ellos un chico de color, uno
más, objeto, no obstante, de mi atención y reflexión. Sí,
porque era tal su integración en el grupo que difícilmente
su color podía marcar diferencia alguna. Y recordé aquellas
cantinelas de mi infancia cuando de memoria repetíamos:
España limita al norte... Efectivamente, vivíamos en una
España limitada en todos los sentidos, una España pobre e
inculta, donde todos éramos del mismo color, de la misma fe,
del mismo partido, eso sí, pero con nuestros gloriosos
límites, un rincón olvidado del mundo. La visión de este
chico me ha provocado alegría porque o bien el mundo ha
entrado en España o bien España se ha metido en el mundo. Y
esta pasarela multicolor, que es hoy nuestro país, yo la
califico de sinónimo de progreso, tolerancia, grandeza...
¡Ya sé, ya sé cuántos matices y comentarios puede sugerir
esta reflexión! Pero hay algo en lo que no solemos pensar:
no son las razas las que nos separan sino la sociedad. Basta
mirar y ver cuántas y grandes diferencias entre nosotros los
del mismo color. Mirar y ver, sin entrar en desigualdades
más profundas, cómo corren los flashes detrás de un vulgar
de la prensa rosa, mientras los grandes gestores de bienes
humanitarios quedan en la sombra del olvido. Nuestras pieles
pueden tener distinto color, pero nuestro corazón es
idéntico. Por eso, dando de lado por una vez a lo negativo,
concluyamos que no hay más patria que la humanidad.