BLANCA Y RADIANTE

En esta madrugada fría de domingo, 25 de noviembre, cuando escribo, mis pensamientos, noria gigante en recuerdos, me llevan hoy al aniversario de aquel otro día ya muy lejano, en el que blanca y radiante, casi una niña, ante el altar, mi marido y yo nos dijimos sí, hasta que la muerte nos separe. Y fueron años de amaneceres compartidos al rescoldo de humeantes cafés, estadio del mejor encuentro cada día. No obstante, llegaron los problemas, las diferencias, los silencios que amenazaban tempestades insalvables. Pero tras cada tormenta, una nueva reconciliación, un renacer el amor fortalecido. Y vinieron los hijos y tuvimos que aunar esfuerzo y responsabilidades, y nuestros seres queridos morían, y tuvimos que compartir dolores y duelos, y la muerte nos separó en la madrugada de hace ya muchos años en el silencio de un hospital, y comprendí qué era el amor, cuando lo arrancaron de mis brazos con su último beso caliente todavía en mis mejillas. ¡Qué malos tiempos estos para hablar de amor, de matrimonio, de vida en pareja! Parafraseando a R. Anderson , tenemos que concluir con razón que, en toda pareja que ha convivido más de una semana, existen motivos para el divorcio, pero la clave para que esto no ocurra y sobre todo para que no se lleve a extremos tan trágicos como con los que casi a diario nos desayunamos, pasaría por entender el amor en pareja como finísima filigrana que hay que tejer sin caer en la costumbre de repetir puntadas y como acuerdo de afectividad renovable cada día. Hoy, día internacional de lucha contra la violencia de género, mis palabras quieren ser pequeña voz en el gran coro de condenas que claman ante la lluvia incesante de mujeres que el huracán de la violencia arranca del árbol maravilloso de la vida. Amor, palabra caducada para muchos pero que izo como bandera, hoy, mañana, siempre.