MUJER MALA

Sentada sobre una vieja bufanda de cuadros, almohadilla de largas horas de espera sobre el duro asiento de un banco de la estación de Atocha, estaba ella. Unos cincuenta años. Uñas largas de un rojo insultante. Tacones altos y finos. Camiseta receñida de brillantinas y lentejuelas. Ridícula minifalda que dejaba al descubierto carnes macilentas de unas piernas mal depiladas. Intenso olor a no sé qué extraño perfume mareante e impertinente. Me quedé con su cara, no obstante el corto espacio de tiempo que medié entre mi llegada y la del tren que para siempre me alejaría de aquella mujer con cuyo cuerpo, en un intento por mi parte de acercamiento, me había rozado. Sí; me quedé, ante todo, con un gesto indescriptible que me causó tal impresión, tal pena que hoy al recordarlo, tras pasar varios días, me vuelve a estremecer, porque aquella mujer, indiferente ante mi proximidad, solo era ojos para otear la cercanía de los hombres que la pasaban de largo o le proferían una soez palabrota, y era solo cuerpo, veterano del oficio, que se erguía en lujuriosos y manidos ademanes. En mi cómodo asiento del tren, la imagen de aquella mujer me sumía en un monólogo de reflexiones. Mujeres malas se les llamaba en mi infancia a estas pobres prostitutas, mujeres hoy muchas secuestradas, explotadas, obligadas, por el rentable negocio de las mafias, a vender su cuerpo de forma salvaje. Es cierto que es el oficio, dicen, más antiguo del mundo, pero quizás, con riguroso control, estas mujeres no tendrían que pasar la noche en la calle, ni tendrían que ser dramática noticia en los medios. Tal vez legalizar la prostitución sería un beneficio social. No lo sé. Me gustaría, no obstante, pensar que el respeto es el mejor arma de los humanos. Al recordar esta madrugada la imagen de aquella mujer, noto que algo de ella se ha superpuesto en mi piel para siempre.