OTRO AVATAR DE NAVIDAD

 

Belenes, Papá Noel, árboles navideños, luces, villancicos... Iconos todos de unas fechas en las que los católicos del mundo hemos acordado celebrar el nacimiento de un niño, llamado Jesús, nacido en un pesebre, allá en Belén. Pero paradójicamente en estos mismos días la actualidad nos presenta, con todo lujo de detalles, otro avatar antónimo de la Navidad: el aborto clandestino, la muerte de niños que son triturados, licuados y desaparecidos por cañerías y alcantarillas. Drama tremendo que a nadie podría dejar indiferente. Mi opinión, siempre a favor de los niños y a favor, sobre todo, de la vida, la quiero exponer a través de la historia de un aborto del que fui testigo. "Estoy otra vez embarazada --me decía mi hija radiante de felicidad--. Me da igual que sea otro niño; solo quiero que nazca bien".

La noticia fue fiesta para todos que, desde el primer día, lo imaginábamos y hasta le poníamos cara, nombre, sexo... Pero, sobre todo, lo soñaba mi hija que, feliz con aquel tercer embarazo, celebraba, con ternura infinita, su nueva maternidad. ¡Qué torbellino de ilusiones, de proyectos para aquel hijo que oteaba desde el universo de sus años, casi de niña! Y su cuerpo, sutilmente, comenzó a acusar rasgos de maternidad.

En los rigores del verano, nos trasladamos a la costa. Una tarde, jamás la podré olvidar, se alejó sola por la playa: "Voy a dar un paseo; cuida de los niños", me dijo. Anochecía. Una bandada de gaviotas merodeaban el puerto. Mis ojos, y mi corazón, la esperaban inquietos. Me sorprendió jugando con los dos pequeños en la arena. Su rostro estaba pálido, demudado. Con lágrimas mal contenidas susurró: "Vengo de hablar por teléfono con el médico; tengo principio de aborto". ¡Qué penosos aquellos días en los que inmóvil, con los ojos cerrados, parecía balbucear palabras que yo sabía traducir en incesante monólogo con aquel hijo que dentro de ella se moría. Y la naturaleza dijo no y los empeños y esfuerzos de todos a la búsqueda de soluciones fueron inútiles. Todavía tiemblo al recordar cómo su vida peligraba por complicaciones surgidas. Cuando al fin pasó todo en un doloroso silencio lloraba sin consuelo y en un susurro apenas perceptible repetía: "¿Por qué, por qué si yo lo deseaba y quería tanto? Hubiera dado mi vida...". Y en aquellas lágrimas y en aquel dolor yo tan solo escuchaba un hermoso himno a la vida.

Dice W.S. Ross que la mano que mueve la cuna es la mano que manda en el mundo. Sucede que en esas clínicas abortistas ni tan siquiera había cunas pero sí manos que esta Navidad nos han "regalado" otro avatar, que bien puede ser la encarnación, y no virtual, de un mundo deshumanizado en el que la vida, el mayor bien que se nos fue dado, se puede triturar, sin escrúpulo alguno desde cualquier conciencia. Que cada joven, que cada pareja opte o no por los hijos desde la prevención, desde la responsabilidad, desde la vida siempre, pero, no puedo remediarlo, mis ojos se llenan de lágrimas por todos aquellos hijos cuyos padres los condenaron a muerte.