QUE VALE UN ESTADO

 

A lo largo de mi vida he reflexionado sobre una frase repetida que llegaba a mis oídos con un claro mensaje: si no se avanza, se retrocede. Es decir, si no se incorpora uno al inevitable progreso que día a día nos empuja y exige cambios, si nos detenemos, perdidos en cómodas nostalgias, ¡pues, eso, que perdemos paso y nos quedamos en la cola! En controvertidas opiniones la palabra familia se ha escuchado estos días desde todos los medios y desde todos los ámbitos. Por mi parte, y sin que nadie pueda dudarlo, he sido siempre, y lo sigo siendo, una defensora a ultranza de esta institución que no solo me dio cuna sino educación y valores. No obstante, la sorpresa me desborda ante la preocupación reinante por salvar algo que también debe caminar para no retroceder o morir. Es decir, la familia, depositaria de valores imperecederos, no tiene más remedio que tratar de transmitirlos renovados y ajustados a los nuevos tiempos. De poco serviría ya, por ejemplo, hablar a los hijos de obras de caridad, porque en el vocabulario de hoy se han incorporado palabras para ellos mucho más significativas: solidaridad, igualdad, etc. Son términos que equivalen a considerar al otro no como objeto tan solo de misericordia pasajera sino situado a menor distancia, a mayor responsabilidad y paralelismo con nosotros. Y es que nos encontramos en una sociedad que nunca antes en la historia de la humanidad se habían producido más cambios en menos tiempo y de ahí que reine un gran desconcierto a la hora de constatar la familia de hoy con las pautas tradicionales por las que los nostálgicos quisieran transcurriera esta importante institución. La familia, si bien ya no es lo que era en el sentido estricto, sigue conservando su función de núcleo básico de convivencia en nuestra sociedad. "Un Estado valdrá más o menos según valga la suma de las familias que lo forman". Anónimo.