Digo yo que por qué será que, cuando uno
menos lo espera, ¡hala!, los recuerdos se
plantan delante tan exigentes que no hay más
remedio que hacerle sitio en nuestra
cotidianidad presente. Y eso me sucede a mí
con los charlatanes de antaño, pícaros y
hábiles en la palabra, que súbitamente
aparecían en la plaza de mi pueblo,
provocando alboroto en pequeños y mayores.
Mis recuerdos se centran en la sorprendente
escenificación que hacían desde la tribuna
de un camión-furgoneta de donde sacaban y
exponían mercancías de lo más variopinto. Y
la función comenzaba ofreciendo, el oro y el
moro, por veinte duros --un dineral,
entonces--. Y en cuanto una mano tendía el
billete, el charlatán, en un delirio de
generosidad, repetía: Pues ahora yo te
regalo esto, y esto, y esto... ¿Quieres más?
Pues hay mucho más: Para tu mujer esto, esto
y esto. Y ahora, porque a mí me da la gana,
te regalo también tus veinte duros. ¡Qué
momento más emocionante aquel! Las manos, a
coro, se extendían en demanda de artículos
al precio que fuera, que daba igual una cosa
que otra, porque importaba, y mucho, la
recompensa, pero he aquí que, cuando menos
se esperaba, recogían velas y desaparecían,
llevándose los billetes, su charlatanería y
dejando esturreado por el escenario cuatro
mantas de borra, algunos cortes de trajes
casi transparentes y la boca abierta de la
embaucada audiencia. Me pregunto yo
--decía-- qué estará pasando en estos días
que me los recuerdan, aunque, eso sí, con
menos gracia, menos elocuencia y tan
aburridos que si pudiera hablarles al oído
les diría: ¿pero por qué no te callas?
Además, como las ofertas se suceden a dos,
tres bandas, hay que girar la cabeza a
derecha, izquierda... y, ¡no me veas qué
tortícolis! ¿Qué estará pasando? Porque la
verdad es que no dan ganas de comprar sino
de taparse los oídos y echarse a dormir.