Sí, cualquier tiempo vale para
ser sorprendidos por la terrible
caída en depresión, esta precoz
primavera, esta insultante forma
de alargarse los días, de
cambiar la temperatura, de
eclosionar la naturaleza... nos
obliga a unas adaptaciones
vitales de ritmos tales que, a
veces, nos perturban, dejándonos
exhaustos, a merced de la
astenia más absoluta, y de ahí a
la depresión, prácticamente, no
hay nada. Sentirse deprimido es
una reacción natural al estrés,
los cambios, a los golpes de la
vida y el síntoma más grave la
enorme impotencia que el
deprimido siente. La función
humana es obrar y querer, porque
los músculos gobiernan la
acción, y el sistema nervioso
provoca automáticamente el acto
volitivo. Pero hace falta que
ambos estén en buen estado, ya
que de lo contrario se produce
el desequilibrio, la
enfermedad... Los profesionales,
los medicamentos, la familia
pueden constituir una gran ayuda
pero salir de una depresión es,
ante todo, un titánico esfuerzo
personal que debe empezar por
tomar conciencia de sí mismos,
esfuerzo que, por otra parte,
exige un mínimo de capacidad de
análisis, algo que se obnubila
totalmente, de forma que los
primeros pasos habrá que darlos
de manos de la medicina. No
obstante creo por experiencia
que, en más ocasiones de las que
pensamos, no está la solución en
los medicamentos sino en buscar
por nuestros propios medios
dónde y cómo se mal colocaron
los prismas que deforman nuestra
realidad y cuáles son las causas
que los desenfocaron. Hay que
cerrar las puertas a los
primeros síntomas, hay que
cambiar el "no puedo" por
el "sí puedo", hay que
tratar de ser conscientes de que
sufrimos un mal pasajero, y dar,
como mínimo, un paso, tan solo
un paso que puede dar lugar a
una suma indefinida de ellos que
nos devolverán a la alegría del
vivir, aprendiendo a manejar el
complicado arte de controlar
nuestras emociones.