Algunas palabras más que añadir a lo escrito sobre el singular Joaquín Canalejo que se nos ha ido, cuando ya la precoz primavera ilumina de verdes nuestros campos y el azahar de nuestros paseos comienza a blanquear en aromas nuestros pasos. Sí, él era mi cura, mi amigo, al que siempre encontré con la mano tendida en momentos difíciles de mi vida sin que mediaran formalidades ni más estilos que el suyo caracterizado por la huida de palabrería y el rápido y eficaz acierto en la resolución de problemas tanto espirituales como materiales. ¡En cuántas y variopintas ocasiones su presencia aupó mis desolados momentos! Imposible reproducir aquí la entrega, el compromiso, la responsabilidad, el amor a su vocación que profesó este hombre, cura de los necesitados, cura de la justicia, cura de un Dios que para él era presente en cada ser humano que se cruzaba en su camino. Por su sacristía he visto desfilar toda clase de gentes sin más carnet que el de hijos de ese Dios al que sirvió hasta el último día de su vida. "No me arrepiento en absoluto de haber corrido todos los riesgos por aquello que me importaba" --Millar--. Y Joaquín corrió riesgos, se enfrentó con las jerarquías, se alió con los obreros, con los pobres... Sí, le importaba, y mucho, el mundo en que vivía. Fue águila que, aún volando por las alturas, era rapaz de tierra en aquel su ámbito preferido: la Iglesia. Es por eso que solo me queda por hacer lo único que sé y puedo: abrir el micro de mi corazón y darle cuerda a las palabras, voz que no cesará mientras mis alas sigan izando vuelos en los días, porque él, mi cura, me enseñó con el ejemplo que el cristiano es, ante todo, un comprometido con la justicia y con el amor.: "Nadie --me dijo un día-- te puede aconsejar mejor que tu propia conciencia; no lo olvides". Y hoy mi conciencia me pide que levante acta del testimonio que fue tu vida.