Pues, eso, que aunque arda Troya, hasta que pasen estos días, entiéndase bastante antes de la Semana Santa, no hay dios que se preste a un trabajito de emergencia. Y claro, con la vida paralizada, entre otras razones, como consecuencia del bienestar, pues a esperar toca y a quitarnos el aburrimiento con las películas de romanos, que siguen ahí, como hace dos mil años, con sus legiones, sus cuadrigas, centuriones, etc. Y no digamos las bíblicas que, como decía mi nieto de cinco años, son repe y, como digo yo, el colmo de los colmos. Es sabido que la aconfesionalidad de un país se traduce en la libertad y respeto a todo tipo de manifestaciones religiosas, siempre que no se salgan del ámbito legal, pero, ¿que los medios de comunicación, tanto públicos como privados, se conviertan en portavoces, casi exclusivos, de dichas películas, retransmisiones procesionales, misas, etc., y que la vida se paralice bajo el show que montamos? La clave reside, y en ello coincidimos una mayoría, en que la Semana Santa es más cultura y espectáculo que religión y desde esta óptica se trata de promocionar el turismo, la hostelería, el consumo, etc. La Semana de Pasión debería ser para los católicos profunda reflexión acerca de las causas por las que condenaron a Jesús, entre las cuales cuenta mucho su proclamación de un Dios que acogía a los pecadores, a las prostitutas, a los leprosos, a los esclavos, a los emigrantes... Lo condenaron porque exigió autenticidad en el templo, porque arremetió contra el tinglado montado alrededor de la fe, porque se rebeló contra la hipocresía y manipulación religiosa. Yo creo que son días estos de termómetro bajo el brazo y comprobar qué temperatura hemos alcanzado en estos puntos. Y, por supuesto, mi respeto más absoluto a las cofradías que admiro, por su tesón y vocación, pero romanos hasta en la sopa, no.