Confieso, y soy
consciente de que mis palabras pueden causar, como mínimo,
extrañeza a una generalidad de profesores, que para mí el regreso a
las aulas, ha sido siempre algo festivo y celebrado el reencuentro
de compañeros, novedades, expectativas y, sobre todo, el alumnado,
aire siempre nuevo que me reconciliaba con ilusión y creatividad, a
la mayor aventura de mi vida: la de educar y educarme en el sentido
literal de los términos. También hoy, lejos de las aulas, vuelven a
mí niños y niñas que, con cartera al hombro, llenas de ilusiones más
que de libros, portan en sus limpias miradas, en su francas
sonrisas, sueños de futuro que traducidos al presente, un nuevo
curso, depositan en manos de sus maestros. Desde mis primeros pasos
por el magisterio comprendí algo trascendente que he tratado
fielmente de seguir a lo largo de mi vida profesional: Educar es
algo más que verter contenidos conceptuales, a fin de que los
alumnos aprendan mucho sobre determinadas materias, educar es, ante
todo, el arte de abrir caminos, despertar mentes, crear sueños para
que, desde la autonomía y libertad puedan regir, administrar y
gobernar sus propias vidas. . Educar, en definitiva, es el arte de
crear. Crear personas que, desde sus posibilidades, desarrollen
capacidades, aprendan valores y entiendan que el mundo es el
escenario de todos, desde el cual podemos descubrir horizontes de
luz blanca hacia donde caminar o profundos agujeros negros que nos
sumerjan en un estancamiento farragoso que envilezca nuestras vidas.
Buen pie para empezar deseo a todos mis compañeros y una explícita
medio súplica: No os detengáis ante los problemas que serán, que son
muchos, sin duda: siempre los hubo y siempre los habrá. Jamás el
escultor se exilia ante la dureza de la piedra; la golpea con mayor
fuerza y tino porque no pierde de vista la obra que se esconde en
ella.