Todavía puedo verme, una mocosa, ensimismada con las lecturas de aquella
emblemática obra. Me prometía una y mil veces, eso: pureza hasta la muerte. En
el pasado familia y escuela transmitían una educación basada, en total
complicidad, en vetar absolutamente todo lo que tuviera relación con el sexo, de
forma que cientos de aberraciones crecían al compás de los años, ya que no hay
diques que puedan contener torrentes que si no encuentran cauces naturales,
arrasarán al campo.
Pero no voy a entrar en detalles del pasado sino que
hoy, Día de la Inmaculada, quiero referirme al tema de la sexualidad, de la
pureza tal y como lo veo, tras sacudirme tantos y variados errores, algunos de
los cuales siguen vigente como el que hace alusión a la sexualidad de los
mayores. Precisamente, hace unos días, una chica de treinta años me decía: las
mujeres a partir de los cincuenta son unas marranas, si buscan sexo. No, no dije
nada, sólo pensé que poco, muy poco hemos avanzado en formación seria y
responsable. Para los especialistas, los años tienen una importancia secundaria
en este tema, y el sexo puede seguir disfrutándose de la misma forma, o incluso
más, que en la juventud. El hombre y la mujer de igual manera están llamados al
amor y al don de sí en su unidad corpóreo-espiritual sin que nadie pueda exigir
carnet de identidad para practicar sexo. La sexualidad es un elemento básico de
la personalidad, un modo propio de ser, de manifestarse, de comunicarse con los
otros, de sentir, expresar y vivir el amor humano. Feminidad y masculinidad son
dones complementarios sin fecha de caducidad, absolutamente para nada. De ahí
que yo entienda hoy la pureza como valor que tiene mucho que ver con la
honradez, respeto, justicia y, sobre todo, con el amor, María fue esposa y
madre, pero sobre todo, fue pureza y hermosura en todo y siempre.